dicen: Nosotros hasta el último fin de la vida hemos de trabajar, sin dejar
de cuidar del bien común, y de ayudar a todos, y de socorrer aun a los
enemigos, y de obrar con nuestras manos. Nosotros somos los que a ninguna
edad damos descanso, haciendo lo que dijo el otro varón discretísimo, que
cubrimos las canas con el morrión. Nosotros somos los que hasta en la
muerte no tenemos descanso: de tal manera que si pudiese ser, aun la misma
muerte no será ociosa. ¿Para qué nos dices los preceptos de Epicuro en los
principios de Zenón? Respondo, que antes tú con harta diligencia, si te
arrepientes de seguir una doctrina, huyes de ella sin hacerla traición.
¿Quieres por ventura más de que yo procure imitar a nuestros capitanes?
¿Pues qué se seguirá de esto? Que iré, no adonde me enviaren, sino adonde
me guiaren.»
Capítulo XXIX
Con esto te pruebo que yo no me aparto de los preceptos de los estoicos, ni
ellos se apartan de los suyos: y con todo eso estaría excusadísimo si no
siguiese su doctrina, sino sus ejemplos. Dividiré lo que digo en dos
partes: lo primero, para que cada uno pueda, aun desde su primer edad,
entregarse todo a la contemplación de la virtud, y buscar el camino de
vivir, siguiéndolo en secreto. Después para que hallándose ya jubilado en
la edad cansada, pueda con buen derecho hacer y pasar los ánimos de otros a
otras acciones, al modo que las vírgenes Vestales, las cuales, dividiendo
sus años en las ocupaciones, aprenden sus cosas sagradas, y después las
enseñan.
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Capítulo XXX
Haré demostración de que estas cosas agradan también a los estoicos; y no
será por haberme puesto ley de no haber de emprender cosa alguna contra la
doctrina de Zenón o Crisipo, sino porque la misma materia permite que yo
siga su opinión: porque el que se arrima siempre a la doctrina de uno, mira
más a bandos que a la vida. Ojalá se manifestasen todas las cosas, y la
verdad estuviese sin velo, y sin que alterásemos algo de sus secretos.
Ahora andamos buscándola con los mismos que la enseñan. En esto disienten
las dos grandes sectas de los epicúreos y estoicos, aunque la una y la otra
encaminan al descanso por diferentes vías. Epicuro afirma que el sabio no
se ha de allegar a la república si no es con alguna ocasión forzosa; Zenón
dice que se allegue, no habiendo causa precisa que se lo impida. El uno
busca el descanso en el intento, y el otro en la causa. Pero la causa tiene
mucha latitud, como es cuando la república está tan perdida y tan enviciada
en males, que no puede ser socorrida; y entonces no ha de porfiar en vano
el sabio, ni se ha de consumir en lo que no ha de aprovechar, faltándole
autoridad o fuerzas: o si conociere que la república no le ha de admitir, o
si se lo impidiere su poca salud; y al modo que no echaría al mar la nave
rota, ni se asentaría a la milicia faltándole fuerzas, así tampoco se
arrimará a la vida a que no fuere suficiente. Aquel, pues, cuyas cosas
están enteras, sin haber experimentado las tormentas, podrá hacer pie en lo
firme y seguro, entregándose desde luego a las buenas artes, y procurando
aquel dichoso ocio; siendo reverenciador de aquellas virtudes que pueden
ser ejercitadas aun de los más
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