desconsolado, asido al ajeno coche, de lo que estuve en el mío; pero tras
todo eso deseo más vencer que ser cautivo. Yo despreciaré todo el reino de
la fortuna; pero si me dieren a escoger, elegiré lo mejor de él. Todo lo
que en mi poder entrare, se convertirá en bueno. Pero con todo eso, quiero
venga lo más suave y más deleitable, y lo que ha de dar menor vejación al
que lo hubiere de pasar.» No juzgues que hay alguna virtud sin trabajo, si
bien hay algunas que necesitan de espuelas, y otras de frenos: al modo que
el cuerpo cuando baja algunas cuestas se ha de ir deteniendo, y cuando las
sube se ha de impeler; así hay unas virtudes que bajan las cuestas, y otras
que las suben. ¿Podrá dudar que suben, forcejean y luchan la paciencia, la
fortaleza la perseverancia, y cualquiera otra virtud de las que se opinen a
las cosas ásperas y huellan a la fortuna? Y por ventura, ¿no es igualmente
manifiesto que caminan cuesta abajo la liberalidad, la templanza y la
mansedumbre? En éstas detenemos el ánimo para que no caiga; en las otras le
exhortamos e incitamos. Arrimaremos, pues, a la pobreza las virtudes más
valientes, y las que acometidas son más fuertes; y a la riqueza, las más
diligentes, y las que poniendo el paso deteniendo, sustentan su peso.
Capítulo XXVI
Hecha esta división, querría yo más para mí aquellas virtudes que puedo
ejercitar con mayor tranquilidad, que no las otras cuyo trato es sangre y
sudor. Luego yo (dirá el sabio) no vivo de diferente manera de la que
hablo: vosotros sois los que entendéis lo contrario de lo que digo: porque a
vuestros oídos llega solamente el sonido de las palabras, y no inquirís lo
que significan. Dirá, pues: ¿qué |
diferencia hay de mí, que soy ignorante, a ti, que eres sabio, si entrambos
codiciamos tener mucho? Que las riquezas que tuviere el sabio estarán en
esclavitud, y las que tuviese el ignorante en imperio. El sabio no permite
cosa alguna a las riquezas, y ellas os permiten a vosotros todas las cosas.
Vosotros os acostumbráis y arrimáis a ellas, como si hubiera alguno que os
hubiera concedido su perpetua posesión. El sabio, cuando se halla en medio
de las riquezas, medita más en la pobreza. El capitán general jamás confía
tanto de la paz, que no se prevenga para la guerra: que si ésta no se hace,
está por lo menos intimada. A vosotros os desvanece la hermosa casa, como
si no pudiera quemarse o caerse. A vosotros os hacen insolentes las
riquezas, como si estuvieran exentas de todos los peligros, y como si
fueran tales que faltaran fuerzas a la fortuna para consumirlas. Vosotros,
estando ociosos, jugáis con vuestras riquezas, sin prevenir los riesgos de
ellas; sucediéndoos lo que a los bárbaros, que encerrados en sus murallas e
ignorantes de las máquinas militares, miran perezosos el trabajo de los que
los tienen sitiados, sin entender a qué se encamina lo que tan lejos se
previene. Lo mismo os sucede a vosotros, que os marchitáis en vuestras
cosas, sin atender a los varios sucesos que de todas partes os amenazan,
para llevarse muy presto los más preciosos despojos. Al sabio, cualquiera
que le quitare sus riquezas, le dejará todos sus bienes, porque vive
contento con lo presente, y seguro de lo futuro. Ninguna otra cosa es la
que Sócrates, y los demás que tienen el mismo derecho y potestad sobre las
cosas humanas, dicen, sino éstas: «Heme resuelto a no sujetar las acciones
de mi vida a vuestras opiniones: juntad de todas partes vuestras
acostumbradas palabras, que yo no me daré por entendido que me decís
injurias, sino que como niños cuidados l loráis.»
Esto es lo
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