hay,
pues, para qué sintáis mal de lo que virtuosa, fuerte y animosamente dicen
los amadores de la sabiduría, y ante todas cosas, advertid que es diferente
el ser amador de la sabiduría, o haberla ya conseguido. El primero te dirá:
«Yo hablo bien; pero hasta ahora estoy envuelto en muchos males: no me
pidas que viva conforme a mi doctrina, cuando estoy formándome y
levantándome para ser después un grande dechado: si llegare a conseguirlo,
como lo he propuesto, pídeme entonces que correspondan los hechos con las
palabras.» Pero el que ya llegó a conseguir la perfección del bien humano,
tratará contigo de otra suerte, y te dirá que ante todas cosas no te tomes
licencia de juzgar a los mejores que tú. Dirá asimismo: «A mí ya me ha
tocado el desagradar a los malos, que es argumento de que no lo soy; pero
para darte razón de cuán poca envidia tengo a ninguno de los mortales,
escucha lo que te prometo, y lo que a cada uno estimo. Niego que las
riquezas son bien, porque si lo fueran, hicieran buenos; y como no se puede
llamar bien el que asimismo le tienen los malos, niégoles este nombre.»
Pero tras todo eso confieso que se han de tener, y que son útiles, y que
acarrean grandes comodidades a la vida.
Capítulo XXV
¿Pues qué razón hay para no ponerlas entre los bienes? ¿Y qué cosa les
atribuyo más que vosotros, pues todos convenimos en que es bueno tenerlas?
Oíd: ponedme en una casa muy rica, y en ella mucho oro y plata para igual
uso. No me estimaré por estas cosas, porque aunque están cerca de mí, están
fuera de mí. Llevadme asimismo a pedir
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limosna al puente de madera, y apartadme entre los mendigos, que no me
desestimaré por verme sentado entre los que extienden la mano al socorro.
Porque al que no le falte la facultad de poder morirse, ¿qué le importa que
le falte un pedazo de pan? Pues ¿qué culpa hay en desear más aquella casa
rica, que la miseria del puente? Ponedme entre alhajas resplandecientes y
delicadas, que no por eso, ni porque mis vestidos sean más suaves, ni
porque en mis convites se pongan alfombras de púrpura me juzgaré más feliz,
ni al contrario me tendré por desdichado si reposare mi cansada cerviz
sobre un manojo de heno, o sobre lana circense, que se sale por las
costuras de los viejos colchones. Pues ¿qué hay en esto? Que quiero más
mostrar mi ánimo estando vestido con ropa pretexta, que no con las espaldas
desnudas. Para que todas las cosas me sucedan conformes a mis deseos,
vengan unos parabienes tras otros, que no por eso tendré más agrado de mí.
Múdese al contrario esta liberalidad del tiempo, y por una y otra parte
sea combatido el ánimo, ya con varios acometimientos, sin que haya un
instante sin quejas; que no por eso, metido entre miserias, me llamaré
desdichado, ni maldeciré el día: porque yo tengo hecha prevención para que
ninguno me sea nublado. ¿Cómo ha de ser esto? Porque quiero más templar los
gozos que enfrenar los dolores. Dirá Sócrates estas razones: «Hazme
vencedor de todas las gentes y desde el nacimiento del Sol, hasta Tebas, me
lleve triunfante el delicado coche de Baco: pídanme leyes los reyes de
Persia, que con todo eso, cuando en todas partes me reverenciaren como a
Dios, conoceré que soy hombre.» Junta luego a esta grande altura una
precipitada mudanza, diciendo: «Que he de ser puesto en ajeno ataúd,
habiéndome de despojar de la pompa de soberbio y fiero vencedor; que no por
eso iré más
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