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en ella entre toda la ciudad, pudiese pregonar  que cada uno lleve lo que conociere ser suyo. ¡Oh varón grande, justamente  rico, si conformaren las obras con el pregón, y si después de haberlo  pregonado le quedaren todos los bienes que antes tenía! Quiero decir, si con toda seguridad, habiendo admitido al pueblo al escrutinio de sus  riquezas, no tuviere quien halle en su casa cosa de qué poder echar mano.  Este tal con osadía y publicidad podrá ser rico; como el sabio no ha de  permitir entre por los umbrales de su casa un maravedí adquirido por malos  medios, así tampoco repudiará ni desechará las grandes riquezas que fueren  dádiva de la fortuna y fruto de la virtud. ¿Qué razón hay para que él  mismo envidie el verlas colocadas en buen lugar? Vengan, pues, y sean  admitidas, que ni hará jactancia de ellas, ni las esconderá, que lo  primero es de ánimo ignorante y lo otro de tímido y corto, como el del que  tiene encerrado en el seno un gran tesoro: no conviene, pues, echarlos de  su casa. Porque para hacerlo, ¿qué les ha de decir? ¿Dirá por ventura: «Idos porque sois inútiles, o porque me falta capacidad para usar de vosotras»? Sucederá lo que al que teniendo fuerzas para hacer su viaje a  pie, holgaría más de hacerle en un coche. Así el sabio, si pudiere ser  rico, holgará de serlo, pero tendrá las riquezas como bienes ligeros y que  con facilidad se vuelan, y no consentirá que para sí ni para otros sean  pesadas. ¿Qué dará? ¿Alargasteis las orejas para oírlo, y desembarazasteis  el seno para recibirlo? Dará, pero será a los buenos o a los que pudiere  hacer buenos. Dará con sumo acuerdo, y para dar elegirá los más dignos,  como aquel que sabe ha de dar cuenta de lo recibido y de lo gastado. Dará  por causas justificadas, conociendo que las dádivas mal colocadas se  cuentan entre las torpes pérdidas. Tendrá la bolsa fácil, pero

no rota: de  la cual saldrá mucho, sin que se caiga nada.

 

Capítulo XXIV

 

Yerra el que piensa que el dar es acción fácil: mucho tiene de  dificultad el dar con juicio, y no derramar acaso y con ímpetu. Con las  dádivas granjeo a éste, pago al otro: a éste socorro, de aquél me  compadezco, al otro adorno, haciendo que la pobreza no le destruya ni le  tenga impedido. A algunos dejaré de dar, aunque les falte, conociendo que  por mucho que les dé, les ha de faltar: a otros les ofreceré, a otros  colmaré. No podré en esto ser descuidado, porque nunca con mayor gusto  hago obligaciones que cuando reparto dádivas. Dirásme: pues ¿qué haces en  eso, si das para volver a recibir, y nunca para pedir? Aunque la dádiva se  ha de poner en parte que no se haya de volver a pedir, hase de poner donde ella pueda volver. Colóquese el beneficio como el tesoro escondido en  parte secreta, que no le saques sino es cuando la necesidad te obligare.  ¡Qué gran cosa es ver la casa de un varón rico! ¡Cuántas ocasiones tiene  de hacer bien! ¿Quién llama liberalidad la que sólo se hace con los  togados? La naturaleza manda que ayudemos a los hombres: pues ¿qué importa  sean esclavos o libres, nobles o libertinos y que éstos lo sean, o por  justa libertad, o por la dada entre amigos? Dondequiera que hay hombre,  hay lugar de hacer beneficio. Podrá también distribuir su dinero dentro de  su misma casa, y ejercitar en ella su liberalidad: la cual no se llama  liberalidad, porque se debe a los hombres libres, sino porque el dar sale  siempre de ánimo libre; y nunca la ejercitan los sabios con personas  torpes e indignas, ni jamás se halla tan agotada que, si llegare algún benemérito, deje de manar como si estuviera llena. No

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