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el éxito de sus aventuras. Y estas acciones suyas nacieron de tal modo una
tras otra que no dio tiempo a los hombres para poder preparar con
tranquilidad algo en su perjuicio.
También concurre en beneficio del príncipe el hallar medidas sorprendentes
en lo que se refiere a la administración, como se cuenta que las hallaba
Bernabó de Milán. Y cuando cualquier súbdito hace algo notable, bueno o
malo, en la vida civil, hay que descubrir un modo de recompónsatorio o
castigarlo que dé amplio tema de conversación a la gente. Y, por encima de
todo, el príncipe debe ingeniarse por parecer grande e ilustre en cada uno
de sus actos.
Asimismo se estima al príncipe capaz de ser amigo o enemigo franco, es
decir, al que, sin temores de ninguna índole, sabe declararse abiertamente
en favor de uno y en contra de otro. El abrazar un partido es siempre más
conveniente que el permanecer neutral. Porque si dos vecinos poderosos se
declaran la guerra, el príncipe puede encontrarse en uno de esos casos: que,
por ser adversarios fuertes, tenga que temer a cualquier cosa de los dos que
gane la guerra, o que no; en uno o en otro caso siempre le será más útil
decidirse por una de las partes y hacer la guerra. Pues, en el primer caso,
si no se define, será presa del vencedor, con placer y satisfacción del
vencido; y no hallará compasión en aquél ni asilo en éste, porque el que
vence no quiere amigos sospechosos y que no le ayuden en la adversidad, y el
que pierde no puede ofrecer ayuda a quien no quiso empuñar las armas y
arriesgarse en su favor. |
Antíoco, llamado a Grecia por los etoilos para arrojar de allí a los
romanos, mandó embajadores a los acayos, que eran amigos de los romanos,
para convencerlos de que permaneciesen neutrales. Los romanos por el
contrario, les pedían que tomaran armas a su favor. Se debatió el asunto en
el consejo de los acayos, y cuando el enviado de Antíoco solicitó
neutralidad, el representante romano replicó “Quod autem isti dicunt non
interponendi vos bello, nihil magis alienum rebus vestris est, sine gratia,
sine dignitate, praemium victoris eritis”.
Y siempre verás que aquel que no es tu amigo te exigirá la neutralidad, y
aquel que es amigo tuyo te exigirá que demuestres tus sentimientos con las
armas. Los príncipes irresolutos, para evitar los peligros presentes, siguen
la más de las veces el camino de la neutralidad, y las más de las veces
fracasan. Pero cuando el príncipe se declara valientemente por una de las
partes, si triunfa aquella a la que se une, aunque sea poderosa y él quede
a su discreción, estarán unidos por un vinculo de reconocimiento y de
afecto; y los hombres nunca son tan malvados que dando prueba de tamaña
ingratitud, lo sojuzguen. Al margen de esto, las victorias nunca son tan
decisivas como para que el vencedor no tenga que guardar algún miramiento,
sobre todo con respecto a la justicia. Y si el aliado pierde, el príncipe
será amparado, ayudado por él en la medida de lo posible y se hará compañero
de una fortuna que puede resurgir. En el segundo caso, cuando los que
combaten entre sí no pueden inspirar
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