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personas desconocidas; pues os conviene que nadie parezca bueno: como si la
virtud ajena fuera el reproche de vuestros delitos. Comparáis envidiosos las
cosas espléndidas con vuestra sordidez, y no comprendéis cuán en detrimento
vuestro es esa osadía. Pues si los que siguen la virtud son avaros,
libidinosos y ambiciosos, ¿qué sois vosotros, que odiáis hasta el nombre
mismo de la virtud?. Negáis que ninguno cumpla con lo que dice, ni viva
según el modelo de sus palabras. ¿Qué hay de extraño en ello, puesto que
dicen cosas enérgicas, grandes, que superan todas las tempestades humanas;
puesto que se esfuerzan por arrancarse de esas cruces en que cada uno de
vosotros hunde sus propios clavos? Pero los condenados al suplicio están
suspendidos cada uno de un solo poste; los que se atormentan a sí mismos
están distendidos por tantas cruces como deseos; y maledicientes, son
ingeniosos para injuriar a los demás. Creería por eso que están exentos de
aquellos males, sino fuera porque algunos escupen desde el patíbulo a los
espectadores.
Capítulo 20
El valor del esfuerzo filosófico
¿No cumplen los filósofos lo que dicen? Pero ya hacen mucho con decirlo, con
concebir en su pensamiento la virtud. Pues si sus hechos fuesen iguales que
sus dichos, ¿quién sería más feliz que ellos? Por lo pronto, no hay que
despreciar las buenas palabras y los corazones de buenos pensamientos. El
cultivo de los estudios saludables, aún aparte de su resultado, es loable.
¿Es extraño que no lleguen a la cima los que escalan pendientes escarpadas?
Pero, si eres hombre, admira, aún cuando caigan, a los que se
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esfuerzan por alcanzar las cosas grandes. Pues es una empresa generosa
aspirar a cosas elevadas, intentarlo, sin mirar las propias fuerzas, sino
las de su naturaleza, y concebir planes mayores que los que pueden realizar,
incluso dotados de un gran espíritu. El que se ha propuesto esto: “ Yo veré
a la muerte con la misma cara con que oigo hablar de ella; yo me someteré a
los trabajos, por grandes que sean, sosteniendo el cuerpo con el ánimo; yo
despreciaré igualmente las riquezas presentes y ausentes, y no estaré más
triste si están en otro lugar, ni más animoso si brillan a mi alrededor; yo
no seré sensible a la fortuna, ni cuando llegue ni cuando se aparte; yo
miraré todas las tierras como mías, las mías como de todos; yo viviré como
quien sabe que ha nacido para los demás, y daré gracias por ello a la
naturaleza de las cosas: pues: ¿cómo podría arreglar mejor mis asuntos?, me
ha dado a mí solo para todos, a todos para mí solo. Cuanto tenga, ni lo
guardaré con avaricia ni lo derrocharé pródigamente; nada creeré poseer
mejor que lo que haya dado bien; no mediré los beneficios por su número ni
por su peso, ni por otra estimación que la del que los reciba. Nunca será
para mí mucho lo que reciba un hombre digno. No haré nada por la opinión,
todo por la conciencia: creeré que hago a los ojos del pueblo, aún aquello
de que yo solo sea testigo. Al comer y al beber, mi fin será satisfacer los
deseos naturales, no llenar el vientre y vaciarlo. Afable para mis amigos,
cederé antes de que me rueguen y me adelantaré a las peticiones honestas.
Sabré que mi patria es el mundo y que los dioses lo presiden, y éstos están
por encima de mí y en torno mío, como censores de mis hechos y de mis
dichos. Y cuando la naturaleza reclame mi espíritu o mi razón lo
despida, me iré con el testimonio de haber
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