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opulenta?  ¿Por  qué  tus  esclavos  se  visten  con  ropas

preciosas? ¿Por qué es en tu casa un arte el servir la mesa y no se coloca la plata al azar y de cualquier manera, sino que se sirve con pericia y tienes un maestro de arte cisoria? “. Añade aún, si quieres: “¿Por qué tienes posesiones más allá del mar? ¿Y más de las que conoces? Es una vergüenza que seas tan negligente como para no conocer a unos poquillos esclavos, o tan fastuosos como para tener más que los que la memoria alcanza a conocer”. Ayudaré enseguida a tus reproches y me haré más objeciones que las que imaginas; ahora te responderé esto: “No soy un sabio y, para que tu malevolencia se regocije, nunca lo seré. Por esto no exijo de mí ser igual que los mejores, sino mejor que los malos: me basta con podar todos los días algo de mis vicios y castigar mis extravíos. No he llegado a la salud, ni llegaré siquiera; compongo para mi gota más calmantes que remedios, contento si los ataques son menos frecuentes y menos dolorosos; pero comparado con vuestros pies, yo, impotente, soy un corredor”.

 

Capítulo 18

La malevolencia no respeta a nadie

 

No digo estas cosas por mí, pues estoy sumido en todos los vicios, sino por aquel que ya ha conseguido algo. “Hablas de un modo –se dice-, vives de otro”. Este reproche, ¡cabezas llenas de malevolencia y de hostilidad a todos los mejores!, se ha hecho a Platón, se ha hecho a Epicuro, se ha hecho a Zenón; pues todos estos éstos decían, no como vivían ellos mismos, sino cómo hubiesen debido vivir. Hablo de la virtud, no de mí, y cuando clamo contra los vicios, lo hago en primer lugar contra los míos: cuando pueda, viviré como

es debido. Y esa malignidad empapada de veneno no me

apartará de los mejores; ni siquiera ese veneno con el que rociáis a los demás y os matáis a vosotros me impedirá perseverar en alabar, no la vida que llevo, sino la que sé que debe llevarse, y que adore la virtud y la siga a rastras desde gran distancia. ¿Pues voy a esperar que haya algo respetable para la malevolencia, para quien no fueron sagrados ni Rutilio ni Catón? ¿Se preocupará alguien de si parece demasiado rico a esas gentes para quienes Demetrio el Cínico no es bastante pobre? Un hombre extremadamente enérgico, que lucha contra todo deseo natural, más pobre que los demás cínicos, porque éstos se han prohibido tener nada, y él se ha prohibido también pedir, niegan que sea bastante indigente! Y fíjate: no ha profesado la ciencia de la virtud, sino la de la pobreza.

 

Capítulo 19

La envidia, origen de la maledicencia

 

Niegan que Diodoro, filósofo epicúreo, que hace pocos días puso fin a su vida por su propia mano, obrara según los conceptos de Epicuro al cortarse el cuello: unos quieren ver locura en esa acción suya; otros, irreflexión. Él, sin embargo, feliz y con la conciencia satisfecha, dio testimonio de sí al salir de esta vida y elogió la tranquilidad de sus días pasados en el puerto y anclado, y dijo esto, que habéis oído de mala gana, como si también vosotros tuvierais que hacerlo: He vivido y he recorrido el camino que la fortuna me había señalado. Discutís acerca de la vida de uno, de la muerte de otro, y al oír el nombre de hombres grandes por algún mérito egregio, ladráis como perrillos al salir al encuentro de

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