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algún lazo que ni sabes  desatarle ni puedes romperle, considera que los presos a los principios  sufren mal las cadenas y grillos, que son impedimentos de sus pasos; pero  después que se determinan a traerlos sin indignarse con ellos, la misma  necesidad los anima a sufrirlos con fortaleza, y la costumbre los enseña a  llevarlos con facilidad. En cualquier estado de vida hallarás anchuras,  gustos y deleites, si te dispusieses primero a querer no juzgar por mala  la que tienes, no haciéndola sujeta la envidia. Con ninguna cosa nos  obligó más la naturaleza, como fue (conociendo que nacíamos para tantas  miserias) haber inventado para temperamento de ellas la costumbre de  sufrirlas, la cual con presteza se convierte en familiaridad. Nadie  perseverara en las cosas, si la continuación de las adversas tuviera la  misma fuerza que tuvo a los primeros acometimientos. Todos estamos atados  a la fortuna; pero la cadena de unos es de oro y floja, la de otros  estrecha y abatida. Pero ¿de qué importancia es esta diferencia, si es una  misma la cárcel en que estamos todos, estando también presos en ella los  mismos que hicieron la prisión?; sino es que asimismo juzgues que es más  ligera la cadena porque te la echaron al lado izquierdo. A unos enlazan y  encadenan las honras, a otros las riquezas, a otros la nobleza: a unos  oprime la humildad, y hay otros que tienen sobre su cabeza ajenos  imperios, y otros los suyos: a unos detiene en un lugar el destierro, a otros el sacerdocio, siendo toda la vida una continuada servidumbre.  Conviene, pues, acostumbrarnos a vivir en nuestro estado, sin dar de él  una mínima queja, abrazando en él cualquier comodidad que tenga. No hay  caso tan acerbo en que no halle algún consuelo el ánimo ajustado. Muchas  veces el arte del buen arquitecto dispone pequeños sitios para varios  usos; y la

buena distribución hace habitable el sitio, aunque sea angosto.  Arrima tú la razón a las dificultades, y verás cómo con ella se ablandan  las cosas ásperas, se ensanchan las angostas, oprimiendo menos las graves  a los que con valor las sufren. Demás de esto no se han de extender los  deseos a cosas remotas; y ya que de todo punto no los podemos estrechar, les hemos de permitir sólo aquello que está cercano, desechando lo que, o  no puede conseguirse, o se ha de conseguir con dificultad. Sigamos lo que  está cerca, y lo que se ajusta y proporciona con nuestra esperanza.  Sepamos que todas las cosas son igualmente caducas, y que aunque en lo  exterior tienen diferentes visos, son en lo interior igualmente vanas. No tengamos envidia a los que ocupan encumbrados lugares, porque lo que nos parece altura es despeñadero; y al contrario, aquellos a quien la adversa  suerte puso en estado de medianía, estarán más seguros si quitaren la  soberbia a los ministerios que de suyo son soberbios, bajando, en cuanto  les fuere posible, su fortuna a lo llano. Hay muchos que se ven forzados a  estar asidos a la altura en que se hallan, por no poder bajar de ella sino  es cayendo; pero por la misma razón deben testificar que la carga que  tienen les es muy pesada, por haber de ser ellos pesados a otros; y  confiesen también que no están levantados, sino amarrados, y que prevengan  con mansedumbre, con humildad, y con mano benigna muchos socorros para los  sucesos venideros para que en esta confianza, aunque vivan pendientes,  estén con mayor seguridad; y ninguna cosa los librará de las tormentas del  ánimo como el poner algún punto fijo a los acrecentamientos, sin que quede  en albedrío de la fortuna el dejar de dar: exhórtense a sí mismos a parar  mucho antes de llegar a los extremos; y de esta forma, aunque habrá 

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