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por donde conviene. Aprendamos a estribar en nuestros cuerpos: compongamos
nuestro comer y vestir, no dando nuevas formas, sino ajustándolo a las
costumbres que nuestros pasados nos enseñaron. Aprendamos a aumentar la
continencia, a enfrenar la demasía, a templar la gula, a mitigar la ira, a
mirar con buenos ojos la pobreza, y a reverenciar la templanza; y aunque
nos cueste vergüenza el dar a nuestros deseos remedios poco costosos,
aprendamos a encarcelar las desenfrenadas esperanzas y el ánimo, que se
levanta a lo futuro: procuremos alcanzar las riquezas de nosotros mismos, y
no de la fortuna. Digo, pues, que tanta variedad e iniquidad de sucesos no
puede ser repelida sin que haya grandes tormentos en los que han
descubierto grandes aparatos. Conviene, pues, estrechar las cosas, para que
las flechas no acierten el tiro. De esto resulta que muchas veces los
destierros y las calamidades vienen a ser remedios, separándose con
pequeñas incomodidades otras más graves. El ánimo que con rebeldía obedece a
los preceptos, no puede ser curado con blandura: ¿pues por qué no se
enmienda, si de no hacerlo se le siguen pobreza, infamia y ruina en todas
las cosas? Un mal se opone a otro. Acostumbrémonos a poder cenar sin
asistencia de pueblo, y a servirnos de menos criados, haciendo que los
vestidos sean para el fin a que se inventaron, y reduciéndonos a vivir en
casas más estrechas. Y no sólo hemos de volver atrás en la carrera y en la
contienda pública del coso, sino también lo hemos de hacer interiormente en
estos términos de la vida. Hasta el trabajo de los estudios, con ser tan
ingenuo, en tanto se ajusta a la razón, en cuanto se ajusta al modo. ¿De
qué sirven innumerables libros y librerías, cuyo dueño apenas leyó en toda
su vida los índices? La muchedumbre de libros carga, y no enseña; y así te
será más seguro entregarte a pocos
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autores, que errar siguiendo a muchos. Cuarenta mil cuerpos de libros se
abrasaron en la ciudad de Alejandría, hermoso testimonio de la opulencia
real: alguno habrá que la alabe, como lo hizo Tito Livio, que la llamó obra
egregia de la elegancia y cuidado de los reyes. Pero ni aquello fue
elegancia, ni fue cuidado, sino una estudiosa demasía, o por decir mejor,
no fue estudiosa, porque no los juntaron para estudios, sino para sola la
vista, como sucede a muchos ignorantes, aun de las letras serviles, a quien
los libros no les son instrumentos de estudios, sino ornato de sus salas.
Téngase, pues, la suficiente cantidad de libros, sin que ninguno de ellos
sirva para sola ostentación. Responderásme que tienes por más honesto el
gasto que en ellos haces, que el de pinturas y vasos de Corinto. Advierte
que dondequiera que hay demasía hay vicio. ¿Qué razón hay para perdonar
menos al que procura ganar nombre con juntar estatuas de mármol o marfil,
que al que anda buscando las obras de autores ignotos, y quizá reprobados,
estando ocioso entre tantos millares de libros, agradándose solamente de
las encuadernaciones y rótulos? Hallarás en poder de personas
ignorantísimas todo lo que está escrito de oraciones y de historias,
teniendo los estantes llenos de libros hasta los techos; porque ya aun en
los baños se hacen librerías, como alhaja forzosa para las casas.
Perdonáralo yo, si esto naciera de deseos de los estudios; pero ahora estas
exquisitas obras de sagrados ingenios, entalladas con sus imágenes, se
buscan para adorno y gala de las paredes.
Capítulo X
Si entraste acaso en alguna difícil forma de vida y, sin saberlo tú, te
puso la pública o la particular fortuna en
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