179_180
Ir al catálogo

casa llena de riquezas y  adornada con artesones dorados; y apriétame el lisonjero pueblo que de continuo corteja a los que disipan sus haciendas. ¿Qué diré de las fuentes  que, transparentes hasta lo hondo, se ven en los cenáculos? ¿Qué de los manjares exquisitos dignos del teatro? Lo que puedo decir es que viniendo  yo de las remotas provincias de la frugalidad, me cercó con grande  esplendor la demasía, haciéndome por todas partes una dulce armonía, con que titubeó algún tanto el escuadrón; pero contra él levanté con más  facilidad el ánimo que los ojos, y con esto me retiré, no peor, pero más triste, no hallándome tan gustoso entre mis deslucidas alhajas, donde me acometió un tácito remordimiento, dudando si eran mejores las más  costosas; y aunque ninguna de ellas me rindió, ninguna dejó de combatirme.  Agrádame seguir la fuerza de los preceptos, entrándome en medio de la  república; y aunque me da gusto ponerme las insignias y honores de juez,  no es por andar vestido de púrpura ni cercado de doradas varas, sino por  estar más dispuesto para el socorro de mis amigos y allegados y al de  todos los mortales. Puesto más cerca, sigo a Zenón, Cleantes y Crisipo,  ninguno de los cuales se arrimó a la república, aunque ninguno de ellos  dejó de encaminar a otros a ella; a la cual, cuando permito se acerque mi ánimo no acostumbrado, si acaso ocurre alguna cosa indigna o poco corriente (como es ordinario en la vida humana) o cuando las cosas a que  se debe poca estimación me piden mucho tiempo, luego me vuelvo al ocio; y  como es más veloz la carrera a los cansados ganados cuando tornan a su  casa, así a mi ánimo le agrada más el encerrar la vida entre las propias  paredes. Nadie, pues, me usurpe un solo día, ya que no pueda darme  recompensa equivalente a tal pérdida. El ánimo estribe en sí mismo,  estímese y no se embarace en

ajenas cosas, ni haga aquellas en que pueda  intervenir el juez. Ame la tranquilidad que no se embaraza en cuidados  públicos ni particulares; mas donde la importante lección levantó el  espíritu, y donde los nobles ejemplos pusieron espuelas, luego se desea  acudir a los tribunales para ayudar a unos con la abogacía y a otros con el favor; y aunque parezca que éste no haya de ser de provecho, se intente que lo sea, para enfrenar la soberbia de quien sin razón se engríe por  verse próspero. Yo tengo por más acertado en los estudios poner los ojos  en la sustancia de las cosas, y que el lenguaje se acomode a ellas, proporcionándoles las palabras, de modo que a la parte donde ellas nos guiaren, siga la oración sin demasiado cuidado. ¿Qué necesidad hay de  adornar lo que no ha de durar muchos siglos? ¿Pretendes que los venideros  no te pasen en silencio? Advierte, pues, que naciste para la muerte, y que  el entierro con silencio tiene menos de molesto. Escribe alguna materia en estilo sencillo, y sea para ocupar el tiempo en beneficio tuyo y no para ostentación: menor trabajo hasta a los que escriben para el tiempo presente. Cuando el espíritu se levanta de nuevo con la grandeza de algún  pensamiento, luego se hace altivo en las palabras; porque al modo que  aspira a cosas altas, procura hablar con altivez; y entonces, olvidado de  la ley del ajustado juicio, me dejo subir en alto, hablando con labios  ajenos. Y para no discurrir con singularidad en cada cosa, digo que en  todas me sigue esta enfermedad del entendimiento sano, y temo caer poco a  poco en ella, y lo que más cuidado me da es el estar siempre colgado, a  imitación del que va a caer, siendo esta indisposición mayor que la  solicitud que de curarla tengo. Porque a las cosas domésticas las miramos  amigablemente, siendo este favor perjudicial al juicio. Entiendo que  muchos llegarán a la

179

180

Ir a primera página Retroceder una página Avanzar una página Ir a la última página
Ir a Pg.