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tormentas y donde las continuas y repentinas  tempestades llevan al piloto a contraria parte, pienso que este tal,  mientras me alaba la navegación, me prohíbe el desancorar la nave.

Libro tercero: De la tranquilidad del ánimo

 

A Sereno

 

Capítulo I

 

Haciendo de mí examen, en mí, oh amigo Sereno, se manifestaron unos  vicios tan descubiertos que casi se podían cortar con la mano, y otros más  escondidos y no continuados, sino que a ciertos intervalos volvían; y a  éstos los tengo por molestísimos, porque, como enemigos vagos, asaltan en  las ocasiones, sin dar lugar a estar prevenidos como en tiempo de guerra,  ni descuidados como en la paz. Hállome en estado (justo es confesarte la  verdad, como a médico) que ni me veo libre de estas culpas que temía y  aborrecía, ni me hallo de todo punto rendido a ellas. Véome en tal  disposición, que si no es la peor, es por lo menos lamentable y  fastidiosa. Ni estoy enfermo ni tengo salud, y no quiero que me digas que  los principios de todas las virtudes son tiernos, y que con el tiempo  cobran fuerza; porque no ignoro que aun las cosas en que se trabaja por la  estimación, como son las dignidades y la fama de elocuentes, con todo lo  demás que pende de parecer ajeno, se fortifica con el tiempo, y que así  las cosas que tienen verdaderas fuerzas como las que se dejan sobornar con  alguna vanidad, esperan a que poco a poco las dé color la

duración. Tras  esto recelo que la misma costumbre que suele dar constancia a las cosas,  no me introduzca más en lo interior los vicios. La conversación larga, así  de bienes como de males, engendra amor. Cuál sea esta enfermedad del ánimo  perplejo en lo uno y en lo otro, sin ir con fortaleza a lo bueno ni a lo  malo, no lo podré mostrar tan bien diciéndolo junto, cuanto dividiéndolo  en partes. Diré lo que a mí me sucede; tú puedes dar nombre a la  enfermedad. Estoy poseído de un grande amor a la templanza; así lo  confieso. Agrádame la cama no adornada con ambición; no me agrada la  vestidura sacada del cofre y prensada con mil tormentos que la fuercen a  hacer diferentes visos, sino la casera y común, en que ni hubo cuidado de guardarla ni le ha de haber en ponerla. Agrádame el manjar que no costó  desvelo a mis criados, ni causó admiración a los convidados; y no me  agrada el prevenido de muchos días, ni el que pasó por muchas manos, sino  el ordinario y fácil de hallar, sin que en mi mesa se ponga cosa alguna de  las que el precio subido atrae, sino las que en cualquier lugar se hallan,  sin ser molestas a la hacienda y al cuerpo, y sin que sean tales y tantas  que hayan de salir por la parte por donde entraron. Agrádame el criado  poco culto y el tosco esclavo, y la pesada plata de mi rústico padre, sin  que en ella haya considerable hechura y sin que esté grabado el nombre del  artífice. Agrádame la mesa no celebrada por la variedad de colores, ni la  conocida en la ciudad por diferentes sucesiones de curiosos dueños, sino  aquella que baste para el uso, sin que el deleite ocupe ni la envidia  encienda los ojos de los convidados. Pero después de estar agradado de  estas cosas, me aprieta el ánimo el ver en otros gran cantidad de pajes y  esclavos relumbrantes con el oro de las libreas, más bizarras que las de  los míos. También me acongoja el entrar en una

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