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hay que se haya propuesto a sí las razones  siguientes?: «Yo con el mismo rostro con que condenaré a otros a muerte  oiré la mía. Yo fortificando el cuerpo con el ánimo, obedeceré a los trabajos por grandes que sean. Yo con igualdad despreciaré las riquezas  presentes como las ausentes: no me entristeceré de verlas en otro, ni me desvanecerá el poseerlas. Yo no haré caso de que venga o se ausente la fortuna: miraré todas las tierras como si fueran mías, y las mías como si fuesen de todos. Y finalmente viviré como quien sabe que nació para los  otros: y por esta razón daré gracias a la naturaleza, que con ningún otro  medio pudo hacer mi negocio; pues siendo yo uno solo, me hizo de todos, y  con eso hizo que todos fuesen para mí. Todo lo que yo tuviere, ni lo  guardaré con escasez ni lo derramaré con prodigalidad; y juzgaré que  ninguna cosa poseo mejor que lo que doy bien. No ponderaré los beneficios  por el número o peso, ni por alguna estimación más que por la que tengo  del que los recibe; y nunca juzgaré hay demasía en lo que se da al  benemérito. No haré cosa alguna por la opinión, harélas todas por la  conciencia. Creeré que lo que hago, viéndolo yo, lo hago siendo de ello  testigo todo el pueblo. El fin de mi comida y bebida será para cumplir la  necesidad de la naturaleza y no para henchir y vaciar el estómago. Seré agradable a mis amigos, suave y fácil a mis enemigos. Dejaréme vencer antes de ser rogado: saldré al encuentro a las justificadas intercesiones.  Sabré que todo el mundo es mi patria, y que los dioses presiden sobre mí,  y que asisten cerca de mí para ser jueces de mis hechos y dichos; y cada y cuando que la naturaleza volviere a pedirme la vida o la razón, la  soltaré: saldré de ella, protestando que amé la buena conciencia y las  buenas ocupaciones, y que a nadie disminuí su libertad, y ninguno 

disminuyó la mía.»

 

Capítulo XXI

 

El que propusiere, intentare y quisiere hacer esto, hará su camino a  los dioses; y si no llegare a conseguirlo, caerá por lo menos de intentos  grandes. Pero vosotros, que aborrecéis la virtud y a los que la veneran,  no hacéis cosa nueva, porque los ojos enfermos siempre temen al sol, y los  animales nocturnos huyen del día claro, y entorpeciéndose con su salida,  se van a encerrar en sus escondrijos, metiéndose en las aberturas de las  peñas, temerosos de la luz. Gemid, y ejercitad vuestra infeliz lengua en  injurias de los buenos: instad y morded, que antes os romperéis los  dientes que hagáis presa en ellos. Decís, «¿por qué siendo aquel amador de  la filosofía, pasa la vida tan rico? ¿Por qué nos enseña que se han de  despreciar las riquezas, y las retiene, que se ha de desestimar la vida, y  la conserva, que no se ha de amar la salud, y la procura con tanto cuidado  deseando la más robusta? ¿Por qué, diciendo que el destierro es un vano  nombre, y que el mudar provincias no tiene cosa que sea mala, se envejece  en la patria? ¿Por qué cuando juzga que no hay diferencia de la edad larga  a la corta, procura (si no hay quien se lo impida) alargar la suya  viviendo contento con vejez larga?» Respondeos que estas cosas se han de  despreciar, no para no tenerlas sino para que el tenerlas no sea con  solicitud. No las desechará de sí, antes cuando se le fueren las seguirá  seguro. Porque ¿en quién podrá depositar mejor la fortuna sus riquezas que  en aquel que, cuando se las pidiere, se las volverá sin quejas? Cuando  alababa Marco Catón a Curio y a Corruncano, y el siglo en que se juzgaba  por crimen concerniente al Censor el

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