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dispuestos a defenderlo. Así, el príncipe tendrá la doble gloria de haber
creado un principado nuevo y de haberlo mejorado y fortificado con buenas
leyes, buenas armas, buenos amigos y buenos ejemplos. Del mismo modo que
será doble la deshonra del que, habiendo nacido príncipe, pierde el trono
por su falta de prudencia.
Si se examina el comportamiento de los príncipes de Italia que en nuestros
tiempos perdieron sus Estados, como el rey de Nápoles, el duque de Milán y
algunos otros, se advertirá, en primer lugar, en lo que se refiere a las
armas, una falta común a todos: la de haberse apartado de las reglas antes
expuestas. Después se verá que unos tuvieron al pueblo por enemigo, y que el
que lo tuvo por amigo no supo asegurarse de los nobles. Porque sin estas
faltas no se pierden los Estados que tienen recursos suficientes para
permitir levantar un ejército de campaña.
Filipo de Macedonia, no el padre de Alejandro, sino el que fue vencido por
Tito Quincio, disponía de un ejército reducido en comparación con el de los
griegos y los romanos, que lo atacaron juntos; sin embargo, como era
guerrero y había sabido congraciarse con el pueblo y contener a los nobles,
pudo resistir una lucha de muchos años; y si al fin perdió algunas ciudades,
conservó, en cambio el reino. |
Por consiguiente, estos príncipes nuestros que ocupaban el poder desde hacía
muchos años no acusen a la fortuna por haberlo perdido, sino a
su ineptitud. Como en épocas de paz nunca pensaron que podrían cambiar las
cosas (es defecto común de los hombres no preocuparse por la tempestad
durante la bonanza), cuando se presentaron tiempos adversos, atinaron a huir
y no a defenderse, y esperaron que el pueblo, cansado de los ultrajes de los
vencedores, volviese a llamarlos. Partido que es bueno cuando no hay otros;
pero está muy mal dejar los otros por ése, pues no debernos dejarnos caer
por el simple hecho de creer que habrá alguien que nos recoja. Porque no lo
hay; y si lo hay y acude, no es para salvación nuestra, dado que la defensa
ha sido indigna y no ha dependido de nosotros. Y las únicas defensas buenas,
seguras y durables son las que dependen de uno mismo y de sus virtudes.
Capitulo XXV
DEL PODER DE LA FORTUNA DE LAS COSAS HUMANAS Y
DE LOS MEDIOS PARA OPONERSELE
No ignoro que muchos creen y han creído que las cosas del mundo están
regidas por la fortuna y por Dios, de tal modo que los hombres más prudentes
no pueden modificar- las; y, más aún, que no tienen remedio alguno contra
ellas. De lo cual podrían deducir que no vale la pena fatigarse mucho en las
cosas, y que es mejor dejarse gobernar por la suerte. Esta opinión ha gozado
de mayor crédito en
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