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segundo entiende lo que los otros disciernen, y el tercero no discierne ni
entiende lo que los otros disciernen. El primero es excelente, el segundo
bueno y el tercero inútil. Era, pues, absolutamente indispensable que, si
Pandolfo no se hallaba en el primer caso, se hallase en el segundo. Porque
con tal que un príncipe tenga el suficiente discernimiento para darse cuenta
de lo bueno o malo que hace y dice, reconocerá, aunque de por sí no las
descubra, cuáles son las obras buenas y cuáles las malas de un ministro, y
podrá corregir éstas y elogiar las otras; y el ministro, que no podrá
confiar en engañarlo, se conservará honesto y fiel.
Para conocer a un ministro hay un modo que no falla nunca. Cuando se ve que
un ministro piensa más en él que en uno y que en todo no busca sino su
provecho, estamos en presencia de un ministro que nunca será bueno y en
quien el príncipe nunca podrá confiar. Porque el que tiene en sus manos el
Estado de otro jamás debe pensar en sí mismo, sino en el príncipe, y no
recordarle sino las cosas que pertenezcan a él. Por su parte, el príncipe,
para mantenerlo constante en su fidelidad, debe pensar en el ministro. Debe
honrarlo, enriquecerlo y colmarlo de cargos, de manera que comprenda que no
puede estar sin él, y que los muchos honores no le hagan desear más honores,
las muchas riquezas no le hagan ansiar más riquezas y los muchos cargos le
hagan temer los cambios políticos. Cuando los ministros, y los príncipes con
respecto a los ministros, proceden así, pueden confiar unos en
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otros; pero cuando proceden de otro modo, las consecuencias son
perjudiciales tanto para unos como para otros.
Capitulo XXIII
COMO HUIR DE LOS ADULADORES
No quiero pasar por alto un asunto importante, y es la falta en que con
facilidad caen los príncipes si no son muy prudentes o no saben elegir bien.
Me refiero a los aduladores, que abundan en todas las cortes. Porque los
hombres se complacen tanto en sus propias obras, de tal modo se engañan, que
no atinan a defenderse de aquella calamidad; y cuando quieren defenderse, se
exponen al peligro de hacerse despreciables. Pues no hay otra manera de
evitar la adulación que el hacer comprender a los hombres que no ofenden al
decir la verdad; y resulta que, cuando todos pueden decir la verdad, faltan
al respeto. Por lo tanto, un príncipe prudente debe preferir un tercer modo:
rodearse de los hombres de buen juicio de su Estado, únicos a los que dará
libertad para decirle la verdad, aunque en las cosas sobre las cuales están
interrogados y sólo en ellas. Pero debe interrogarlos sobre todos los
tópicos, escuchar sus opiniones con paciencia y después resolver por si y a
su albedrío. Y con estos consejeros comportarse de tal manera que nadie
ignore que será tanto más estimado cuanto más libremente hable. Fuera de
ellos, no escuchar a ningún otro, poner en seguida en práctica lo resuelto y
ser obstinado en su cumplimiento. Quien no procede así se pierde por culpa
de los aduladores o, si
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