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soldados. Estos príncipes no se sostienen sino por la voluntad y la fortuna
—cosas ambas mudables e inseguras— de quienes los elevaron; y no saben ni
pueden conservar aquella dignidad. No saben porque, si no son hombres de
talento y virtudes superiores, no es presumible que conozcan el arte del
mando, ya que han vivido siempre como simples ciudadanos; no pueden porque
carecen de fuerzas que puedan serles adictas y fieles. Por otra parte, los
Estados que nacen de pronto, como todas las cosas de la naturaleza que
brotan y crecen precozmente, no pueden tener raíces ni sostenes que los
defiendan del tiempo adverso; salvo que quienes se han convertido en forma
tan súbita en príncipes se pongan a la altura de lo que la fortuna ha
depositado en sus manos, y sepan prepararse inmediatamente para conservarlo,
y echen los cimientos que cualquier otro echa antes de llegar al principado.
Acerca de estos dos modos de llegar a ser príncipe —por méritos o por
suerte—, quiero citar dos ejemplos que perduran en nuestra memoria: el de
Francisco Sforza y el de César Borgia. Francisco, con los medios que
correspondían y con un gran talento, de la nada se convirtió en duque de
Milán, y conservó con poca fatiga lo que con mil afanes había conquistado.
En el campo opuesto, César Borgia, llamado duque Valentino por el vulgo,
adquirió el Estado con la fortuna de su padre, y con la de éste lo perdió, a
pesar de haber empleado todos los medios imaginables y de haber hecho todo
lo que un hombre prudente y hábil debe hacer para arraigar en un
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Estado que se ha obtenido con armas y apoyo ajenos. Porque, como ya he
dicho, el que no coloca los cimientos con anticipación podría colocarlos
luego si tiene talento, aun con riesgo de disgustar al arquitecto y de hacer
peligrar el edificio. Si se examinan los progresos del duque, se verá que ya
había echado las bases para su futura grandeza; y creo que no es superfluo
hablar de ello, porque no sabría qué mejores consejos dar a un príncipe
nuevo que el ejemplo de las medidas tomadas por él. Que si no le dieron el
resultado apetecido, no fue culpa suya, sino producto de un extraordinario y
extremado rigor de la suerte.
Para hacer poderoso al duque, su hijo, tenía Alejandro VI que luchar contra
grandes dificultades presentes y futuras. En primer lugar, no veía manera de
hacerlo señor de algún Estado que no fuese de la Iglesia; y sabía, por otra
parte, que ni el duque de Milán ni los venecianos le consentirían que
desmembrase los territorios de la Iglesia, porque ya Faenza y Rímini estaban
bajo la protección de los venecianos. Y después veía que los ejércitos de
Italia, y especialmente aquellos de los que hubiera podido servirse, estaban
en manos de quienes debían temer el engrandecimiento del papa; y mal podía
fiarse de tropas mandadas por los Orsini, los Colonna y sus aliados. Era,
pues, necesario remover aquel estado de cosas y desorganizar aquellos
territorios para apoderarse sin riesgos de una parte de ellos. Lo que le fue
fácil, porque los venecianos, movidos por otras razones, habían invitado a
los franceses a volver a
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