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multitud de los que tienden la mano pidiendo limosna; pues ¿qué importa que le falte un pedazo de pan a quien no le falta la posibilidad de morir? ¿En resumen? Aquella casa espléndida la prefiero al puente. Ponme en el medio de un mobiliario suntuoso y un lujo refinado: no me creeré en modo alguno, más feliz por tener un manto suave, por extender tapices purpúreos en mis festines. No seré en nada más desgraciado si mi cerviz cansada reposa en un puñado de heno, si me acuesto sobre borra de circo que se sale por los remiendos de una tela vieja. ¿Qué quiere decir esto? Prefiero mostrar el alma que tengo vestido con la pretexta y bien abrigado, mejor que con los hombros desnudos o medio cubiertos. Que todos mis días pasen según mis deseos, que nuevas felicitaciones se añadan a las anteriores, no me complaceré por ello. Cambia en adversidad estos favores del tiempo: que el ánimo sea acosado por todas partes con daños, lutos, acometidas diversas; que ni una sola hora esté sin motivo de queja: no por eso maldeciré ningún día: pues he tomado mis medidas para que ningún día sea nefasto para mí. ¿Entonces? Prefiero moderar mis alegrías a reprimir mis dolores. El gran Sócrates te lo dirá: “Hazme vencedor de todas las naciones; que el carro voluptuoso de Baco me lleve triunfador desde el Oriente hasta Tebas; que los reyes de los persas me pidan leyes: cuando más pensaré que soy hombre es cuando sea saludado por todas partes como dios. Haz que suceda inmediatamente a tan sublime elevación un cambio brusco: que sea llevado a unas andas extranjeras para adornar el cortejo de un vencedor soberbio y feroz; no me humillará más ser conducido bajo un carro ajeno que ir de pie en el mío”. ¿Pues entonces? Prefiero ser vencedor a  ser cautivo.  Despreciaré  todo el  imperio de la

fortuna, pero si se me da la elección tomaré lo mejor de él. Todo lo que me ocurra resultará bueno, pero prefiero que acontezcan las cosas más fáciles y agradables y menos molestas para el que tiene que habérselas con ellas. Pues no creas que hay ninguna virtud sin trabajo, pero algunas virtudes necesitan estímulos, otras frenos. Así como el cuerpo debe ser retenido en un descenso y ser impulsado cuesta arriba, algunas virtudes están en una pendiente, otras al pie de una cuesta. ¿Hay quien dude que suben, se esfuerzan, luchan la paciencia, la fortaleza, la perseverancia y todas las demás virtudes que se oponen a las adversidades y vencen a la fortuna? ¿Y no es igualmente evidente que siguen una pendiente la liberalidad, la templanza, la mansedumbre? En éstas retenemos el alma, para que no resbale; en aquéllas la exhortamos y la incitamos enérgicamente. Por tanto, aplicaremos a la pobreza las más fuertes, que saben luchar; a las riquezas, las más cuidadosas, que andan de puntillas y mantienen su equilibrio.

 

Capítulo 26

El necio y el sabio

 

Hecha esta división, prefiero practicar aquellas que se han de ejercitar más tranquilamente, antes que aquellas cuyo ejercicio requiere sangre y sudor. Por tanto, dice el sabio, no vivo de un modo y hablo de otro, sino que vosotros oís mal; sólo llega a vuestros oídos el sonido de mis palabras; no buscáis su significación. Pues ¿qué diferencia hay entre mí el necio y tú el sabio, si los dos queremos poseer? Muchísimas: pues las riquezas del hombre sabio están en servidumbre; las

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