|
que
nace de la virtud. Así las riquezas lo conmueven y alegran como al navegante
un viento propicio y favorable, o un día bueno y un lugar soleado en el frío
del invierno. Y, por otra parte, ¿cuál de los sabios –hablo de los nuestros,
para quienes el único bien es la virtud- niega que también las cosas que
llamamos indiferentes tengan algún valor en sí y sean unas preferibles a
otras? A algunas de ellas se hace algún honor; a otras, mucho. Y no hay que
engañarse, entre las preferibles están las riquezas. “¿Por qué entonces,
dirás, te burlas de mí, si tienen para ti el mismo lugar que para mí?”.
¿Quieres saber hasta qué punto no tienen el mismo lugar?. Para mí las
riquezas, si se pierden, no me quitarán más que a sí mismas; tú te quedarás
pasmado, y te parecerá que estás abandonado de ti mismo si se alejan de ti;
en mí las riquezas tienen algún lugar; en ti el más alto; en suma, las
riquezas son mías, tú eres de las riquezas.
Capítulo 23
El uso de las riquezas
Deja, por tanto, de vedar el dinero a los filósofos; nadie ha condenado a la
sabiduría a ser pobre. Tendrá el filósofo grandes riquezas, pero no
arrebatadas a nadie ni manchadas de sangre ajena: adquiridas sin perjuicio
de ninguno, sin negocios sucios, que salgan tan honradamente como entraron,
de las que no se lamenten más que los malévolos. Acumula cuanto quieras: son
honradas; aunque hay entre ellas muchas cosas que todos quisieran llamar
suyas, no hay nada que nadie pueda decir suyo. Pero el sabio no rechazará
los favores de la fortuna, y ni se envanecerá ni se avergonzará del
patrimonio adquirido por medios honrados. |
Incluso podrá envanecerse si, después de abrir su casa y recibir en ella a
toda la ciudad, pudiera decir: “Lo que cada uno reconozca como suyo, que se
lo lleve”. ¡Gran hombre, excelente rico, si tuviera lo mismo después de
estas palabras! Quiero decir, si se presta seguro y tranquilo a la
investigación del pueblo, si nadie encuentra en su casa nada a que echar
mano, podrá ser rico franca y abiertamente. Elsabio no dejará que pase su
umbral ningún denario mal entrado; pero no rechazará ni desechará las
grandes riquezas, don de la fortuna y fruto de la virtud. ¿Por qué razón les
negaría un buen lugar? Que vengan y se alberguen. Ni las ostentará ni las
ocultará; lo uno es propio de un espíritu necio; lo otro, de un hombre
tímido y pusilánime, como si escondiera en el seno un gran bien; ni, como he
dicho, las arrojará de su casa. Pues qué, ¿les dirá: “Sois inútiles”, o “No
sé usar de las riquezas”? Del mismo modo que, aunque pudiera viajar a pie,
preferirá, sin embargo, montar en un vehículo, así siendo pobre, si puede
ser rico, querrá; y así tendrá riquezas, pero como cosa ligera y huidiza; y
no tolerará que sean pesadas ni para otros ni para sí mismo. Dará... ¿Por
qué aguzáis el oído? ¿Por qué tendéis vuestra bolsa? Dará a los buenos o a
los que podrá hacer buenos, dará con suma prudencia, eligiendo a los más
dignos, como quien recuerda que hay que dar cuenta tanto de los gastos como
de los ingresos; dará por motivos rectos y justificados, pues entre los
derroches viciosos se cuenta un don mal empleado; tendrá la bolsa fácil,
pero no agujereada, de la que salgan muchas cosas y nada se caiga. |
 |