|
deshonra que a los virtuosos su mérito? Por esto los antiguos recomendaron
seguir la vida mejor, no la más agradable, de modo que el placer no sea el
guía, sino el compañero de la voluntad recta y buena. Pues es la naturaleza
quien tiene que guiarnos; la razón la observa y la consulta. Es lo mismo,
por tanto, vivir felizmente o según la naturaleza. Voy a explicar qué quiere
decir esto: si conservamos con cuidado y sin temor nuestras dotes corporales
y nuestras aptitudes naturales, como bienes fugaces y dados para un día, si
no sufrimos su servidumbre y no nos dominan las cosas externas; si los
placeres fortuitos del cuerpo tienen para nosotros el mismo puesto que en
campaña los auxiliares y las tropas ligeras (tienen que servir, no mandar)
sólo así son útiles para el alma. Que el hombre no se deje corromper ni
dominar por las cosas exteriores y sólo se admire a sí mismo, que confíe en
su ánimo y esté preparado a cualquier fortuna, que sea artífice de su vida.
Que su confianza no carezca de ciencia, ni su ciencia de constancia; que sus
decisiones sean para siempre y sus decretos no tengan ninguna enmienda. Se
comprende, sin que necesite añadirlo, que un hombre tal será sereno y
ordenado, y hará todo con grandeza y afabilidad. La verdadera razón estará
inserta en los sentidos y tomará allí su punto de partida; pues no tiene
otra cosa donde apoyarse para lanzarse hacia la verdad y volver a sí misma.
Y también el mundo que abarca todas las cosas, Dios rector del universo,
tiende hacia las cosas exteriores, pero sin embargo vuelve a sí totalmente
de todas partes. Que nuestra mente haga lo mismo; cuando se ha seguido a sus
sentidos y se ha extendido por medio de ellos hasta las cosas exteriores,
sea dueña de éstas y de sí misma. De este modo resultará una unidad de
fuerza y de potencia, de acuerdo consigo misma; y nacerá esa razón |
segura, sin discrepancia ni vacilación en sus opiniones y comprensiones, ni
en su convicción. La cual, cuando se ha ordenado y se ha acordado y, por
decirlo así, armonizado en sus partes, ha alcanzado el sumo bien. Pues nada
malo ni inseguro subsiste; nada en que pueda tropezar o resbalar. Lo hará
todo por su propia autoridad, y nada imprevisto le ocurrirá, sino que todo
lo que haga resultará bien, fácil y diestramente, sin rodeos al obrar; pues
la pereza y vacilación acusan lucha e inconstancia. Por tanto, puedes
declarar resueltamente que el sumo bien es la concordia del alma; pues las
virtudes deberán estar allí donde estén la armonía y la unidad; son los
vicios los que discrepan.
Capítulo 9
El placer sobrevenido
Pero tú mismo –se dice- sólo practicas la virtud porque esperas de ella
algún placer. En primer lugar, si la virtud ha de proporcionar placer, no se
la busca por él, pues no lo proporciona sino por añadidura, y no se esfuerza
por conseguirlo, sino que su esfuerzo, aunque tienda a otra cosa, lo
alcanzará también. Así como en un campo arado para la siembra nacen aquí y
allá algunas flores, pero no se ha tomado tanto trabajo por estas
hierbecillas, aunque deleiten los ojos –el propósito del sembrador fue otro,
y esto sobrevino-, así también el placer no es el pago ni la causa de la
virtud, sino algo accesorio; y no se lo acepta porque deleite, sino que, si
se lo acepta, también deleita. El sumo bien reside en el mismo juicio y en
la disposición de un espíritu perfecto; cuando éste ha llenado todo su
ámbito y se ha ceñido a sus límites, se ha realizado el sumo bien y ya no
desea nada más. Pues nada hay fuera del todo, ni tampoco
|
 |