morir: Sócrates en una cárcel, y vivir en destierro Rutilio, y entregar
Pompeyo y Cicerón la cerviz a sus mismos paniaguados, y que el gran Catón,
única imagen de las virtudes, recostado sobre la espada dé juntamente
satisfacción de sí y de la República. Conviene, pues, el dar quejas de que
la fortuna pague con tan inicuos premios; porque ¿qué puede esperar cada
uno cuando ve que los buenos padecen grandes males? ¿Pues qué hemos de
hacer en tal caso? Poner los ojos en el modo con que ellos sufrieron, y si
fueron fuertes desear sus ánimos; pero si murieron, mujeril y flacamente,
no hay que hacer caso de la pérdida. O fueron dignos de que su virtud te
agrade, o indignos de que se imite su flaqueza; porque ¿cuál cosa hay más
torpe que aquellos a quienes los grandes varones, muriendo varonilmente,
hicieron tímidos? Alabemos aquel que por tantas razones es digno de
alabanza, y digamos de él: «Cuanto más fuerte fuiste, fuiste más dichoso;
escapaste ya de los humanos acontecimientos, y de la envidia y enfermedad;
saliste de la prisión tú que no eras merecedor de mala fortuna; y los
dioses te juzgarán por cosa indigna que ella tuviese en ti algún dominio. A
los que (cuando llega la muerte) rehuyen y ponen los ojos en la vida, se
han de echar las manos. Yo no lloraré al que está alegre, ni lloraré al que
llora; porque el primero con la alegría me quitó las lágrimas, y éste con
las suyas se hizo indigno de las de otros. ¿He de llorar yo a Hércules
quemado vivo? ¿A Régulo clavado con muchos clavos? ¿A Catón, que con
fortaleza sufrió tantas heridas? Todos éstos, con corto gasto de tiempo
breve, hallaron modo de eternizarse, llegando a la inmortalidad por medio
de la muerte. Es asimismo no pequeña materia de cuidado el tenerle grande
de componerte, no mostrándote sencillo; culpa en que caen
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muchos, cuya vida es fingida y ordenada a sola ostentación; y esta continua
diligencia los martiriza, recelando no los hallen en diferente figura de la
que acostumbran: porque este cuidado jamás afloja mientras juzgamos que
todas las veces que nos miran nos estiman; y hay muchos sucesos que contra
su voluntad los desnudan de la ficción; y dado caso que esta fingida
compostura les suceda bien, no es posible que los que siempre viven con
máscara tengan vida gustosa ni segura; y al contrario, la sencillez cándida,
y adornada de sí misma, sin echar velo a las costumbres, goza de infinitos
deleites. Pero también esta vida tiene peligro de desprecio: porque cuando
todas las cosas son patentes a todos, hay muchos que hacen desestimación de
lo que tratan más de cerca, aunque la virtud no tiene peligro de
envilecerse por acercarse a los ojos, y mucho mejor es ser despreciado por
sencillo que vivir atormentado con perpetua simulación. Más con todo esto
conviene poner en ello límite, habiendo mucha diferencia del vivir con
sencillez al vivir con negligencia. Conviene mucho retirarnos en nosotros
mismos, porque la conversación que se tiene con los que no son nuestros
semejantes descompone todo lo bien compuesto, y renueva los afectos y las
llagas de todo aquello que en el ánimo está flaco y mal curado. Pero
también, conviene mezclar y alternar la soledad y la comunicación, porque
aquélla despertará en nosotros deseos de comunicar a los hombres, y estotra
de comunicarnos a nosotros mismos, siendo la una el antídoto de la otra. La
soledad curará el aborrecimiento que se tiene a la turba, y la turba curará
el fastidio de la soledad: que el entendimiento no ha de estar perseverante
siempre con igualdad en una misma intención, que tal vez ha de pasar a los
entretenimientos. Sócrates no se avergonzaba de jugar con
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