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éstos cuando sale de casa, a dónde va o en qué  piensa, te responderá: «Por Dios que no lo sé; visitaré a algunos y haré  algún negocio.» Van sin determinación buscando ocupaciones; y sin hacer  aquello que habían determinado hacen lo que primero se les ofreció: su  paseo es vano y sin consejo, como el de las hormigas que suben por los  árboles, y después de haber llegado a la cima bajan vacías al tronco.  Muchos son los que pasan la vida semejante a éstas, pudiendo con razón  llamarla una inquieta pereza. De otros tendrás compasión, como de personas  que corren incendio, que atropellando a los que encuentran se despeñan y  los despeñan. Estos tales, después de haber corrido a saludar a quien no  les ha de pagar la cortesía, o para hallarse en las honras de persona con  quien no tuvieron conocimiento, o para asistir a la vista de algún pleito, del que es siempre litigante, o a las bodas de quien muchas veces se casa, siguiendo su litera y ayudando en muchas partes a llevarla, cuando vuelven  a sus casas con un vacío cansancio juran que ni saben a qué salieron, ni dónde estuvieron, con haber de andar los mismos pasos el día siguiente. Enderécese, pues, tú trabajo a algún fin, y mire a parte seguro. A los  inquietos y locos no los mueve la industria, muévenles las falsas imágenes de las cosas, porque les obliga alguna vana esperanza; convídalos la  apariencia de aquello cuya vanidad no la comprende el entendimiento  cautivo. Del mismo modo sucede a los que salen de casa a sólo aumentar el  vulgo, llevándolos por la ciudad insustanciales y ligeras ocasiones, y sin  tener en qué trabajar los expele de sus casas a la salida del sol; y  después de haber sufrido mil encontrones para llegar a saludar a muchos,  siendo mal admitidos de algunos, a ningunos hallan más dificultosamente en  casa que a sí mismos. De

esta ociosidad se origina el vicio de andar  siempre escuchando e inquiriendo los secretos de la república y el saber muchas cosas que ni con seguridad se pueden contar, ni aun saberse con ella. Pienso que, siguiendo esta doctrina Demócrito, comenzó diciendo: «El que quisiere vivir en tranquilidad, ni haga muchas cosas en que se  singularice, ni se deje llevar con publicidad a las superfluas.» Porque de  las que son necesarias, no sólo se han de hacer muchas privadas y  públicamente, sino innumerables; pero donde no nos llama la obligación de  algún importante ministerio, conviene enfrenar nuestras acciones.

Capítulo XIII

 

 

Porque el que se ocupa de muchas cosas hace muchas veces entrega de  sí a la fortuna, siendo más seguro hacer de ella pocas experiencias; no  obstante que conviene pensar mucho en ella, sin prometerse seguridad  alguna de su fe. Dirá el sabio: «Haré mi navegación, si no hubiera algún  accidente; seré oidor, si no se ofreciere algún impedimento; y mis trazas  saldrán bien, si no interviene algún estorbo.» El decir esto es lo que  obliga a que afirmemos que al sabio no le suceda cosa alguna contra su  opinión. No le exceptuamos de los sucesos humanos, sino de los errores; ni  decimos le suceden todas las cosas como deseó, sino como pensó; porque  antes de emprenderlas se persuadió podía haber algo que impidiese la  ejecución de sus deseos; y así, es forzoso que al que no se prometió  seguridad en sus intentos, venga más templado el dolor de verlos  defraudados.

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