cansancio les acarrea la quietud, formando de tal modo el estado de su
vida, que paran últimamente, no en el que les puso el aborrecimiento de
mudanzas, sino en el que les acarreó la vejez, inhábil para nuevas
empresas. Añade también los que no desisten de ser livianos por dejar de
ser inconstantes, sino que por ser perezosos viven, no como desean, sino
como comenzaron. Innumerables son las calidades de las culpas; y uno solo
es el efecto del vicio, que es el de descontentarse de sí mismo. Y esto
nace de la destemplanza de ánimo, y de los cobardes o poco prósperos
deseos, que no se atreven a tanto como apetecen, o no lo consiguen; y
adelantándose en esperanzas, están siempre instables, accidente forzoso
a los que viven pendientes del querer ajeno. Pásaseles toda la vida en
industriarse a cosas poco honestas y muy dificultosas; y cuando su
trabajo queda sin premio, les atormenta la infructuosa indignidad, sin que
el arrepentimiento sea de haber pretendido lo malo, sino de que sus
deseos quedaron frustrados; y entonces se hallan poseídos del dolor que les
causa el arrepentimiento de lo comenzado y el que tienen de lo que han de
comenzar, entrando en ellos una inquietud de ánimo, que en ninguna cosa
halla salida, porque ni pueden sujetar a sus deseos, ni saben
obedecerlos: de que nace una irresolución de indeterminada vida, y un
detenimiento de ánimo entorpecido entre determinaciones; y estas cosas les
son más molestas cuando por odio de la trabajosa infelicidad se retiraron
al ocio y a los estudios quietos, que no los admite el ánimo levantado a
negocios civiles, ni el deseoso de trabajar, por ser de natural inquieto; y
así, cuando se ve careciendo del consuelo y deleites que le daban las
ocupaciones, no puede sufrir su casa, su soledad y el estar metido entre
paredes, doliéndose de verse dejado
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para sí solo: de que le nace el fastidio y desagrado, y un desasosiego de
ánimo poco firme. Cáusales la vergüenza interiores tormentos, y los deseos
que se ven encarcelados en sitio estrecho y sin salida, se ahogan: de que
resulta el entristecerse y marchitarse, por estar contrastados de infinitas
olas de la incierta determinación que los aflige, en que les tienen
suspensos las cosas comenzadas, y tristes las lloradas. De aquí
principalmente tiene origen el afecto de aquellos que detestando su ocio se
quejan en que les faltan decentes ocupaciones; y de ello nace asimismo la
envidia de los ajenos acrecentamientos que se alimenta en la propia pereza;
y así los que no pudieron adelantarse desean la ruina de los otros. Y
finalmente esta aversión a las medras ajenas y la desesperación de las
propias engendran un ánimo airado contra la fortuna, y querelloso de los
tiempos; y el que se ve retirado en los rincones y reclinado en su misma
pena, mientras tiene cansancio de sí mismo, tiene también arrepentimiento.
Porque el ánimo es naturalmente activo e inclinado a movimientos, siéndole
materia agradable la que se le ofrece de levantarse y abstraerse; y esto es
mucho más en unos talentos pésimos, que voluntariamente se dejan consumir
en las ocupaciones. Diría yo que a éstos de quien se han apoderado los
deseos como llagas, teniendo por deleite el trabajo y fatiga, sucede lo que
a algunas heridas que apetecen las manos de quien han de recibir daño, y
lo que a la sarna del cuerpo, que se deleita con lo que la hace más penosa.
Porque muchas cosas con un cierto dolor dan gusto a nuestros cuerpos,
como es el mudarlos de una parte a otra, para refrescar el lado aún no
cansado, en la forma que Homero nos pintó a Aquiles, ya puesto boca abajo,
ya vuelto al cielo, mudándose en varias posturas, por ser muy propio de
enfermos no durar mucho
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